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lunes, 18 de octubre de 2010

Manuel Mujica Lainez era muy amigo del pintor Xul Solar




La carta natal de Manuel Mujica Láinez
Al cumplirse cien años de su nacimiento, el mapa del cielo refleja muchos aspectos del escritor
4 comentarios (5) (6) Por Jerónimo Brignone

Se cumplen este mes cien años del nacimiento de uno de los más grandes escritores argentinos, Manuel Mujica Láinez, ocurrido en Buenos Aires el 11 de septiembre de 1910, mientras el país todavía festejaba con gran pompa el centenario de los sucesos de mayo. Según los datos del archivo del pintor y astrólogo Xul Solar, Manucho (como llamaban sus conocidos a Mujica Láinez) había nacido poco después de las 10 de la mañana. La carta natal correspondiente a ese momento y lugar refleja muchos aspectos de este gran creador.

Sol en Virgo en Casa X
El Sol, al igual que en los casos de Borges y Bioy Casares, se halla en el signo de Virgo, y su regente Mercurio, en el estetizante signo de Libra. Virgo se caracteriza por la expresión crítica, cuando no irónica o mordaz, el trabajo filigranado, la elaboración más que cuidada y laboriosa de aquello que aborda. Se halla aquí ocupando la casa X, el sector de la carta vinculado a la profesión. Su labor de escritor, particularmente de cuentos y novelas, se vio acompañada desde temprano por su carrera periodística como redactor en La Nación.

La Luna en Sagitario
Pero más notable aún es la exacta conjunción de la Luna al Ascendente, el punto más personal de la carta natal, ambos en el signo de Sagitario. La Luna, como cualquier otro factor en astrología, tiene muchas asociaciones simbólicas. Una de ellas es la de los orígenes, las propias raíces, y aquí se halla en un aspecto armónico a su regente, el planeta Júpiter, también en el signo de Libra, que como ya señalamos se relaciona con la estética. Mujica Lainez tenía un importante abolengo vinculado con las letras, tanto por el lado materno como por el paterno, y ambos Sagitario y Libra se asocian a la cultura en general. Se agrega a estos elementos el planeta del arte, Venus, en Leo, el signo de la creación, muy prominente en la carta y también ubicado en la casa X, con su asociación a la imagen pública y profesional.

La Luna guarda relación con el cuidado maternal y las mujeres, quienes jugaron un papel muy importante en la infancia y durante toda su vida, alimentando sus vastos gustos culturales: su abuela, sus cuatro tías, su madre y, luego, su esposa Ana de Alvear. Vivió rodeado de ellas, y las llevó consigo a su estancia El Paraíso en las sierras de Córdoba, un adecuado símbolo de la Luna, vinculada a refugios, y a Sagitario, la naturaleza, aquí idealizada.

También tiene relación la Luna con los primeros años formativos, y Sagitario con el extranjero, donde Mujica Láinez realizó sus estudios cuando viajó con su familia, primero en Francia, y luego en Inglaterra. Y la relación de Sagitario con el extranjero también se advierte en su pasión por el coleccionismo, propio de la Luna, que lo movió toda su vida.

El glamour de un personaje
A Manucho se lo conocía por su gran humor (típico de la Luna en Sagitario), su pose aristocrática y de dandy (propios de Sagitario, Libra y Leo), incluido el famoso monóculo con el que a veces le gustaba mostrarse, los famosos festejos de su cumpleaños, grandes fiestas que eran luego comentadas durante semanas y que de algún modo rememoraban el jolgorio del centenario durante el cual nació (Sagitario y Leo tienen que ver con las fiestas y celebraciones). Además de llevar adelante una intensa vida social, a una edad avanzada se convirtió en una figura muy popular desde la perspectiva mediática (la Luna es uno de los índices astrológicos de popularidad).

Perfil de un escritor
Los significadores de su carta son más bien conservadores, y como escritor no pretendió innovar, sino recrear mundos imaginarios o que tenían que ver con la historia de su patria (ambos ámbitos simbolizados por la Luna), retratando como pocos el declive de la aristocracia porteña. Pero también se ocupó del extranjero (Sagitario), llegando el caso de crearse una genealogía fantástica en el caso de “Bomarzo”, su novela más famosa y extensa, convertida luego en la ópera de Alberto Ginastera con libreto del propio Mujica Láinez que sería prohibida en 1967 por el gobierno del general Juan Carlos Onganía. Genealogía fantástica, dado que afirmaba, quizá convencido, quizá como una pose, que era la reencarnación del Duque italiano renacentista que protagonizaba dicha novela. Quien escribe participó de una filmación experimental de esa ópera en el Parque de los Monstruos en Italia, la cual puede ser vista online en www.bomarzo2007.com.ar .

Los dos planetas femeninos del sistema astrológico, Luna y Venus, tan prominentes en su carta natal, nos muestran así una sensibilidad fuera de lo común que le permitió recrear, dentro y fuera de la ficción, un mundo fascinante lleno de matices y esplendor.

El autor es director del Centro Astrológico de Buenos Aires

Carta astral de Manuel Mujica Lainez:

Firma de Manuel Mujica Lainez y un poema evocador


Manuel Mujica Lainez (1910-1984)

Nació en Buenos Aires el 11 de septiembre de 1910. Fueros sus padres Manuel Mujica Farías y Lucía Lainez Varela.

Por su abuelo paterno, Eleuterio Santos Mujica y Cobarrubias, recibió el amor a la tierra natal, y por el otro abuelo, Bernabé Lainez Cané, el gusto por la literatura.

En 1923 la familia se traslada a Europa, donde Manuel Mujica Lainez completa dos años de su educación en París. Su primera novela, dedicada a su padre, fue escrita en francés y se tituló Louis XVII.

Termina su educación secundaria en el Nacional de San Isidro.

En 1936 contrae matrimonio con Ana de Alvear Ortiz Basualdo.

Se desempeñó como crítico de arte en La Nación, secretario del museo de Arte Decorativo (1937-1946) y director de Relaciones Culturales (1955-1958).

Se inició con libros de evocación histórica del pasado español y argentino: Glosas castellanas (1936) y Don Galaz de Buenos Aires (1938), línea que continuó en sus biografías del romántico y antepasado Miguel Cané (Padre) y los poetas de la literatura gauchesca, Estanislao del Campo e Hilario Ascasubi. Aparte de su trabajo como traductor en obras de Marivaux, Molière, Racine y Shakespeare, su obra más conocida es la de narrador. En ella ha sabido ordenar relatos que tienen personajes en común y forman una historia continuada y variable: Aquí vivieron (1949) es la saga de los habitantes de una casa en San Isidro; Misteriosa Buenos Aires (1951) historia de la ciudad, a través de personajes históricos y fantásticos, desde su aspecto de aldea hasta que va perfilándose como la gran ciudad en la que se convertiría; en El viaje de los siete demonios (1974) evoca los siete pecados capitales en correspondientes viñetas históricas; El escarabajo (1982) está protagonizado por una joya que pasa de mano en mano a través de los siglos. Lo más característico de su producción es la serie de novelas que describen la elegante y, a la vez, grotesca decadencia de algunas grandes familias porteñas: Los ídolos (1953), La casa (1954), Invitados en El Paraíso (1955) y Los viajeros (1956). En ellas se han señalado influencias de Eça de Queirós, Virginia Woolf y Marcel Proust. En el plano de la novela histórica, a veces mezclada con fuentes legendarias, cuentan: En Bomarzo (1962) inicia un nuevo ciclo. Es una novela sobre el Renacimiento italiano, que ha dado argumento a una ópera conocida ya mundialmente, con música de Alberto Ginastera; El unicornio (1965) es el título de la novela siguiente, ambientada en la edad media. Le suceden Crónicas Reales, y De Milagros y de Melancolías.

A punto de jubilarse de su trabajo como crítico de arte y columnista en el diario “La Nación”, Manuel Mujica Lainez decide comprar una casa en las sierras de Córdoba, zona a la que venían a menudo, a casa de parientes y amigos.

La idea era escapar, por unos meses cada año, de los compromisos de Buenos Aires, a fin de lograr tranquilidad para dedicarse a escribir.

En 1969 el escritor y su familia se trasladan a Cruz Chica, y se instalan en una antigua casona de estilo colonial español, rodeada por un importante parque: “El Paraíso” .

Allí sigue su incansable labor: Cecil; El Laberinto (1974), El viaje de los Siete Demonios, Sergio, Los Cisnes, El Brazalete, El Gran Teatro, Un novelista en el Museo del prado.

En “El Paraíso” fallece el 21 de abril de 1984.

El hombrecito del azulejo (Fragmento – Misteriosa Buenos Aires – 1950)

Los dos médicos cruzan el zaguán hablando en voz baja. Su juventud puede más que sus barbas y que sus levitas severas, y brilla en sus ojos claros. Uno de ellos, el doctor Ignacio Pirovano, es alto, de facciones resueltamente esculpidas. Apoya una de las manos grandes, robustas, en el hombro del otro, y comenta:

­Esta noche será la crisis.

­Sí ­responde el doctor Eduardo Wilde­ ; hemos hecho cuanto pudimos.

­Veremos mañana. Tiene que pasar esta noche. . . Hay que esperar…

Y salen en silencio. A sus amigos del club, a sus compañeros de la Facultad, del Lazareto y del Hospital del Alto de San Telmo, les hubiera costado reconocerles, tan serios van, tan ensimismados, porque son dos hombres famosos por su buen humor, que en el primero se expresa con farsas estudiantiles y en ef segundo con chisporroteos de ironía mordaz.

Cierran la puerta de calle sin ruido y sus pasos se apagan en la noche. Detrás, en el gran patio que la luna enjalbega, la Muerte aguarda, sentada en el brocal del pozo. Ha oído el comentario y en su calavera flota una mueca que hace las veces de sonrisa. También lo oyó el hombrecito del azulejo.

El hombrecito del azulejo es un ser singular. Nació en Francia, en Desvres, departamento del Paso de Calais, y vino a Buenos Aires por equivocación. Sus manufactureros, los Fourmaintraux, no lo destinaban aquí, pero lo incluyeron por error dentro de uno de los cajones rotulados para la capital argentina, e hizo el viaje, embalado prolijamente el único distinto de los azulejos del lote. Los demás, los que ahora lo acompañan en el zócalo, son azules corno él, con dibujos geométricos estampados cuya tonalidad se deslíe hacia el blanco def centro lechoso, pero ninguno se honra con su diseño: el de un hombrecito azul, barbudo, con calzas antiguas, gorro de duende y un bastón en la mano derecha. Cuando el obrero que ornamentaba el zaguán porteño topó con él, lo dejó aparte, porque su presencia intrusa interrumpía el friso; mas luego le hizo falta un azulejo para completar y lo colocó en un extremo, junto a la historiada cancela que separa zaguán y patio, pensando que nadie lo descubriría. Y el tiempo transcurrió sin que ninguno notara que entre los baldosines había uno, disimulado por la penumbra de la galería, tan diverso. Entraban los lecheros, los pescadores, los vendedores de escobas y plumeros hechos por los indios pampas; depositaban en el suelo sus hondos canastos, y no se percataban del menudo extranjero del zócalo. Otras veces eran las señoronas de visita las que atravesaban el zaguán y tampoco lo veían, ni lo veían las chinas crinudas que pelaban la pava a la puerta aprovechando la hora en que el ama rezaba el rosario en la Iglesia de San Miguel. Hasta que un día la casa se vendió y entre sus nuevos habitantes hubo un niño, quien lo halló de inmediato.

Ese niño, ese Daniel a quien la Muerte atisba ahora desde el brocal, fue en seguida su amigo. Le apasionó el misterio del hombrecito del azulejo, de ese diminuto ser que tiene por dominio un cuadrado con diez centímetros por lado, y que sin duda vive ahí por razones muy extraordinarias y muy secretas. Le dio un nombre. Lo llamó Martinito, en recuerdo del gaucho don Martín que le regaló un petiso cuando estuvieron en la estancia de su tío materno, en Arrecifes, y que se le parece vagamente, pues lleva como él unos largos bigotes caídos y una barba en punta y hasta posee un bastón hecho con una rama de manzano.

­¡Martinito! ¡Martinito!

El niño lo llama al despertarse, y arrastra a la gata gruñona para que lo salude. Martinito es el compañero de su soledad. Daniel se acurruca en el suelo junto a él y le habla durante horas, mientras la sombra teje en el suelo la minuciosa telaraña de la cancela, recortando sus orlas y paneles y sus finos elementos vegetales, con la medialuna del montante donde hay una pequeña lira.

Martinito, agradecido a quien comparte su aislamiento, le escucha desde su silencio azul, mientras las pardas van y vienen, descalzas, por el zaguán y por el patio que en verano huele a jazmines del país y en invierno, sutilmente, al sahumerio encendido en el brasero de la sala.

Pero ahora el niño está enfermo, muy enfermo. Ya lo declararon al salir los doctores de barba rubia. Y la Muerte espera en el brocal.

El hombrecito se asoma desde su escondite y la espía. En el patio lunado, donde las macetas tienen la lividez de los espectros, y los hierros del aljibe se levantan como una extraña fuente imnóvil, la Muerte evoca las litografías del mexicano José Guadalupe Posada, ese que tantas “calaveras, ejemplos y corridos” ilustró durante la dictadura de Porfirio Díaz, pues como en ciertos dibujos macabros del mestizo está vestida como si fuera una gran señora, que por otra parte lo es.

Martinito estudia su traje negro de revuelta cola, con muchos botones y cintas, y a gorra emplumada que un moño de crespón sostiene bajo el maxilar y estudia su cráneo terrible, más pavoroso que ei de los mortales porque es la calavera de la propia Muerte y fosforece con verde resplandor. Y ve que la Muerte bosteza.

Ni un rumor se oye en la casa. E1 ama recomendó a todos que caminaran rozando apenas el suelo, como si fueran ángeles, para no despertar a Daniel, y las pardas se han reunido a rezar quedamente en el otro patio, en tanto que la señora v sus hermanas lloran con los pañuelos apretados sobre los labios, en el cuarto def enfermo, donde algún bicho zumba como si pidiera silencio, alrededor de la única lámpara encendida.

Si querés leerlo completo, hacé click en el siguiente link

http://www.circuloelrodeo.com.ar/biblioteca/Gauchesca/El%20Hombrecito%20del%20Azulejo%20-%20Manuel%20Mujica%20Lainez.pdf

Narcizo (De milagros y de melancolías – 1969)

Si salía, encerraba a los gatos. Los buscaba, debajo de los muebles, en la ondulación de los cortinajes, detrás de los libros, y los llevaba en brazos, uno a uno, a su dormitorio, Allí se acomodaban sobre el sofá de felpa raída, hasta su regreso. Eran cuatro, cinco, seis, según los años, según se deshiciera de las crías, pero todos semejantes, grises y rayados y de un negro negrísimo.
Serafín no los dejaba en la salita que completaba, con un baño minúsculo, su exiguo departamento, en aquella vieja casa convertida, tras mil zurcidos y parches, en inquilinato mezquino, por temor de que la gatería trepase a la cómoda encima de la cual el espejo ensanchaba su soberbia.
Aquel heredado espejo constituía el solo lujo del ocupante. Era muy grande, con el marco dorado, enrulado, isabelino, Frente a él, cuando regresaba de la oficina, transcurría la mayor parte del tiempo de Serafín. Se sentaba a cierta distancia de la cómoda y contemplaba largamente, siempre en la misma actitud, la imagen que el marco ilustre le ofrecía: la de un muchacho de expresión misteriosa e innegable hermosura, que desde allí, la mano izquierda abierta como una flor en la solapa, lo miraba a él, fijos los ojos del uno en el otro. Entonces los gatos cruzaban el vano del dormitorio y lo rodeaban en silencio. Sabían que para permanecer en la sala debían hacerse olvidar, que no debían perturbar el examen meditabundo del solitario, y, aterciopelados, fantasmales, se echaban en torno del contemplador.

Las distracciones que antes debiera a la lectura y a la música propuesta por un antiguo fonógrafo habían terminado por dejar su sitio al único placer de la observación frente al espejo. Serafín se desquitaba así de las obligaciones tristes que le imponían las circunstancias. Nada, ni el libro más admirable ni la melodía más sutil, podía procurarle la paz, la felicidad que adeudaba a la imagen del espejo. Volvía cansado, desilusionado, herido, a su íntimo refugio, y la pureza de aquel rostro, de aquella mano puesta en la solapa le infundía nueva vitalidad. Pero no aplicaba el vigor que al espejo debía a ningún esfuerzo práctico. Ya casi no limpiaba las habitaciones, y la mugre se atascaba en el piso, en los muebles, en los muros, alrededor de la cama siempre deshecha. Apenas comía. Traía para los gatos, exclusivos partícipes de su clausura, unos trozos de carne cuyos restos contribuían al desorden, y si los vecinos se quejaban del hedor que manaba de su departamento se limitaba a encogerse de hombros, porque Serafín no lo percibía; Serafín no otorgaba importancia a nada que no fuese su espejo. Éste sí resplandecía, triunfal, en medio de la desolación y la acumulada basura. Brillaba su marco, y la imagen del muchacho hermoso parecía iluminada desde el interior.
Los gatos, entretanto, vagaban como sombras. Una noche, mientras Serafín cumplía su vigilante tarea frente a la quieta figura, uno lanzó un maullido loco y saltó sobre la cómoda. Serafín lo apartó violentamente, y los felinos no reanudaron la tentativa, pero cualquiera que no fuese él, cualquiera que no estuviese ensimismado en la contemplación absorbente, hubiese advertido en la nerviosidad gatuna, en el llamear de sus pupilas, un contenido deseo, que mantenía trémulos, electrizados, a los acompañantes de su abandono.
Serafín se sintió mal, muy mal, una tarde. Cuando regresó del trabajo, renunció por primera vez, desde que allí vivía, al goce secreto que el espejo le acordaba con invariable fidelidad, y se estiró en la cama. No había llevado comida, ni para los gatos ni para él. Con suaves maullidos, desconcertados por la traición a la costumbre, los gatos cercaron su lecho. El hambre los tornó audaces a medida que pasaban las horas, y valiéndose de dientes y uñas, tironearon de la colcha, pero su dueño inmóvil los dejó hacer. Llego así la mañana avanzó la tarde, sin que variara la posición del yacente, hasta que el reclamo voraz trastornó a los cautivos. Como si para ello se hubiesen concertado, irrumpieron en la salita, maulando desconsoladamente.
Allá arriba la victoria del espejo desdeñaba la miseria del conjunto. Atraía como una lámpara en la penumbra. Con ágiles brincos, los gatos invadieron la cómoda. Su furia se sumó a la alegría de sentirse libres y se pusieron a arañar el espejo. Entonces la gran imagen del muchacho desconocido que Serafín había encolado encima de la luna ­y que podía ser un afiche o la fotografía de un cuadro famoso, o de un muchacho cualquiera, bello, nunca se supo, porque los vecinos que entraron después en la sala sólo vieron unos arrancados papeles­ cedió a la ira de las garras, desgajada, lacerada, mutilada, descubriendo, bajo el simulacro de reflejo urdido por Serafín, chispas de cristal.
Luego los gatos volvieron al dormitorio, donde el hombre horrible, el deforme, el Narciso desesperado, conservaba la mano izquierda abierta como una flor sobre la solapa y empezaron a destrozarle la ropa.